Nada más que un crítico

Quicorivasguerrero
Me contaron el domingo pasado que Quico Rivas había muerto. Ha transcurrido una semana y las reacciones en internet comienzan a esbozar a un Rivas que, entre sus declaraciones sobre la vergüenza ajena que produce hoy la crítica de arte y su planificado intento de atentado contra el Papa peregrino, está a medio camino entre el crítico y el personaje. Los historiadores recordarán que comisarió En la pintura (Palacio de Cristal, 1977), un interesante análisis de las condiciones materiales de la pintura que se malentendió como pintura ensimismada, y que también avanzó la posición de crítico-curador con la polémica 1980, en la Galería Juana Mordó. Los más curiosos es probable que recuerden que el viejo anarquista tenía un título de noble carlista e incluso que en su casa de Madrid se rodó La ley del deseo, casi como testimonio de su presencia o huella en tantas manifestaciones de la Movida madrileña. A mí me gusta pensar en Quico Rivas como un crítico de arte. Un crítico como todos nos imaginamos a los críticos: apasionado, vehemente, tozudo, comprometido, contumaz a veces, viviendo entre galerías y estudios, insomne tras largas conversaciones con artistas antes de mostrar cómo esa cotidianidad, ilusionante y combativa, penetraba en su escritura. Un crítico siempre a pie de obra.
Leyendo hace poco una conferencia de Rivas sobre José Guerrero me di cuenta de la enorme distancia con años tan cercanos. Hablaba con una facilidad tan pasmosa e inusual de la obra del granadino que ya se intuía el llamado efecto Guerrero, la reubicación de su pintura en el contexto de una pintura posterior a El Paso y ajena a Cuenca. También la parcialidad en las referencias y los vacíos en la historia. Creo que no es el único extranjero en el expresionismo abstracto, ni tan sólo el único español, me han hablado de un tal Esteban Vicente, pero parece que éste no quiere saber de España, cito en una paráfrasis de memoria. Por lo que he visto, parece un gran pintor. La distancia con la que hablaba de Vicente, contrastada con la cercanía de Guerrero, venía a presentar a éste con el misterio de una distancia anulada, de una presencia imponente y, sin embargo, familiar.
Rivas describía una historia que estaba teniendo lugar, y no lo hacía con un pie en la academia y otro en la galería, sino con la incertidumbre de saber que era tan protagonista como los propios artistas. En un momento en el que la escritura de la crítica está siempre apuntalada teóricamente y en el que quizá nos preocupamos más por establecer vasos comunicantes que en detener la mirada, la desaparición de Rivas parece recordarnos que también se ha ido un tipo de crítica, la parcial y subjetiva, la escrita sin asideros ni coordenadas, aquella que, sin quererlo, acaba convirtiéndose en manifiesto histórico. La última vez que le vi fue en la inauguración de Pablo Sycet hará un año y medio. Estuve tentado de invitarle a unas clases sobre crítica de arte, pero al acercarme y escuchar las diatribas contra un restaurante por no contratar a sus camareros, que se transformaban vertiginosamente en un plan de ocupación del negocio, supe que el Rivas crítico no había venido esa noche. No le vi bien de salud, pero, de cuando en cuando, formulaba varios juicios sagaces, cargados de chispa e inteligencia que desarmaban a cualquier aspirante a crítico.
Me recordaba Rivas a críticos como Robert Hughes, en apariencia sin un aparato sólido, pero de escritura rápida, ágil, brillante e irrepetible en su cercanía a un tiempo, uno de esos que, pese a lo que se diga, siempre sigues leyendo. Se ha ido un crítico de arte, nada más (y nada menos).

These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.
  • Barrapunto
  • del.icio.us
  • digg
  • Ma.gnolia
  • Meneame
  • NewsVine
  • Technorati
  • YahooMyWeb

Sobre esta entrada